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ESCLEROSIS MÚLTIPLE: EJERCICIO COMO MEDICINA


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Libro IICEFS

La esclerosis múltiple (EM) es una enfermedad inflamatoria, desmielinizante y neurodegenerativa del sistema nervioso central (SNC) que sufren más de 2.3 millones de personas en todo el mundo. Es considerada la patología no traumática más frecuente en personas jóvenes, comenzando alrededor de los 20-40 años y afectando con mayor frecuencia a las mujeres. La gran mayoría de las personas experimentan las consecuencias físicas y cognitivas perjudiciales asociadas con la enfermedad, que finalmente afectarán a su calidad de vida. Mirando más allá de la perspectiva individual del paciente hacia una perspectiva económica social, la EM se asocia aún más con costos sustanciales de atención médica. En conjunto, la identificación de tratamientos sintomáticos efectivos (síntomas atenuantes de la enfermedad, es decir, prevención terciaria), tratamientos modificadores de la enfermedad (disminución de la gravedad de la EM o disminución/detención de la progresión de la enfermedad/fisiopatología, es decir, prevención secundaria), y tratamientos preventivos (prevenir el desarrollo de la enfermedad o evitar que las personas tengan un alto riesgo, es decir, prevención primaria), están altamente garantizados en la EM.

Hasta ahora, se han aprobado 16 fármacos modificadores de la enfermedad, principalmente destinados a reducir las tasas de recaída. Sin embargo, éstos son solo parcialmente efectivos para reducir la progresión y afectar a los síntomas de la EM, como el deterioro de la funcionalidad. De hecho, los síntomas como la fatiga y los aspectos cognitivos a menudo no se ven afectados por el tratamiento médico. Además, los fármacos modificadores de la enfermedad con frecuencia se asocian con importantes efectos secundarios. Por lo tanto, los tratamientos no farmacológicos efectivos con pocos efectos secundarios son de particular interés en la EM, siendo uno de los candidatos más prometedores el ejercicio. Esto está en línea con el enfoque internacional actual, en el cual la prescripción de ejercicio se considera "medicina" para 26 afecciones crónicas. Sin embargo, este cambio de paradigma aún no ha ganado impulso en la EM, probablemente debido a que el ejercicio fue, durante muchos años, una intervención controvertida que se pensó que exacerbaba los síntomas y la fatiga. Hoy día se sabe que el ejercicio es seguro y que la exacerbación incidental de los síntomas durante el ejercicio es un fenómeno transitorio que normalmente se revierte por completo dentro de los 30 minutos posteriores al cese del ejercicio. Además, el ejercicio puede mejorar la fatiga crónica en lugar de empeorarla, por lo que, en consecuencia, las preocupaciones anteriores relacionadas con el ejercicio en la EM son infundadas.

En los últimos 15 años, ha surgido un fuerte interés científico en el ejercicio, lo que ha resultado en un cuerpo sustancial de nuevas investigaciones y pruebas. Si bien los estudios iniciales consideraron el ejercicio como un tratamiento sintomático interesante (es decir, prevención terciaria), un trabajo más reciente ha comenzado a evaluar aspectos del ejercicio como también modificadores de la enfermedad: ralentizar/detener la progresión de la enfermedad (es decir, prevención secundaria) e incluso reducir el riesgo de EM (es decir, prevención primaria). A pesar de tener el potencial de cambiar la práctica clínica, no se ha resumido ni recopilado la suficiente información existente sobre los efectos del ejercicio como prevención primaria, secundaria y terciaria contra la EM, proponiéndose así un cambio de paradigma en el que el ejercicio en una etapa temprana debe prescribirse individualmente y adaptarse como "medicina" para personas con EM, junto con el tratamiento médico convencional.

De modo que, la investigación actual indica que es difícil determinar si el ejercicio actúa como factor preventivo al reducir el riesgo relativo de EM o si simplemente pospone el inicio de los cambios sintomáticos físicos y cognitivos que conducen al diagnóstico.

Se concluye que, el ejercicio es una opción de tratamiento no farmacológico seguro y bien reconocido que tiene efectos beneficiosos sobre una variedad de síntomas (es decir, prevención terciaria) en personas con EM. Sin embargo, la evidencia reciente sugiere que el ejercicio también puede tener efectos modificadores de la enfermedad (es decir, prevención secundaria) en personas con EM e incluso puede tener efectos preventivos al reducir el riesgo de enfermedad (es decir, prevención primaria). Al incorporar este conocimiento, se propone la “teoría del aplazamiento inducida por el ejercicio” y se sugiere que el ejercicio regular de intensidad moderada-alta (y/o actividad física moderada a vigorosa) a largo plazo puede posponer potencialmente el inicio del diagnóstico clínico de la EM y la aparición de actividad y progresión de la enfermedad en personas que presentan EM. Por lo tanto, se propone un cambio de paradigma en el que el ejercicio ha de ser individualizado, supervisado y correctamente prescrito como “medicina” en personas con EM desde una etapa temprana, junto con el tratamiento médico convencional.